12-06-2015 10:35

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Christopher Lee o el falso adiós

2015 está siendo especialmente doloroso para los amantes del cine y del fantástico. Grandes nombres, celebridades de culto, directores de amplia trayectoria en el género nos han dejado. Ahora nos llega la noticia de la muerte de Christopher Lee, uno de esos titulares que, aunque esperado dada la avanzada edad del gran actor, parece que nunca pueden llegar e incluso que tienen una significación así imaginaria.

Lee siempre ha estado entre nosotros, cuando muchos despertábamos a la magia del cine hasta llegar a las grandes superproducciones de las últimas décadas como Star Wars o El señor de los anillos. Lee, bajo la apariencia del enigmático Fu-Manchú, nos amenizó sesiones de cine barrio o tardes de vacaciones televisivas durante años. Él fue el culpable de algún trauma de infancia, como cuando quedé petrificado de horror a causa de una inmensa cartelera del mítico cine Capitol de las Ramblas barcelonesas que exhibía Drácula 73, aquel divertimento de la Hammer tardía que intentaba reavivar el mito. Aquel inmenso panel que cubría la fachada del cine mostraba el rostro diabólico del Conde y me provocó días de insomnio y una cierta fobia a los vampiros durante años. Lee siempre fue el villano perfecto (inolvidable Scaramanga, rival de Bond en El hombre de la pistola de oro), el británico distante (Pánico en el Transiberiano), el experto poco simpático (inolvidable como cazador de satanistas en La novia del diablo/La batalla de Satán), el sádico elegante (Eugenie) o el hermano ambiguo de Holmes (en la inolvidable La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder). Pero Sir Christopher siempre estuvo cerca, en cualquier pantalla, incluso dando vida a la gloria digital de Star Wars, Episodio II: El ataque de los clones, con ese vampírico Conde Dooku, lord sith cuya nave espacial se parecía sospechosamenete a un murciélago sideral.

Por todo ello, Christopher Lee simplemente ha marcado con su muerte un falso adiós. Su potencial mítico es tan enorme que, como alguno de sus personajes, es capaz de vencer a la muerte y volvernos a dar fenomenal susto. Ha pertenecido a esa realeza ya extraña de los grandes intérpretes británicos, que convertían en oro puro cualquier película con su sola presencia, con su sola voz. Su Drácula insensible, frío, animal pero seductor y fascinante siempre será el modelo a seguir, el icono a imitar. Su altura, presencia y voz lo hacían casi intocable como recuerdo en su visita al Festival de Sitges en 1986. Y en el recuerdo hay que invocar esos fascinantes experimentos con los que colaboró con nuestro gran Pere Portabella en Vampir Cuadecuc (making of ilustrado de El conde Drácula de Jesús Franco) o Umbracle, con su famosa lectura de El cuervo de Poe. Sir Christopher Lee no ha dicho adiós, sigue con nosotros, jugando con la realidad como el auténtico Príncipe de las Tinieblas que siempre ha sido y seguirá siendo.
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