02-09-2015 10:29

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Luto en Elm Street


Nos ha dejado Wes Craven. Su nombre, como pocos, ha sido sinónimo de cine de horror incluso para los que este género les importa poco o lo desprecian. Craven fue, de la generación de los grandes maestros del género surgida de los años 70, el realizador que mejor se integró en Hollywood y, posiblemente, el que tuvo mayores éxitos de taquilla, sobre todo en los años 90 gracias a la saga Scream. Posiblemente no tenía la perversidad de Tobe Hooper, el virtuosismo de John Carpenter o la ironía de Joe Dante, pero sí una capacidad de renovar el género cuando éste parecía estar más agotado. Así, en 1972, rompió todos los esquemas con su opera prima La última casa a la izquierda (The Last House on the Left), escandalizando a medio mundo con una durísima crónica de la violencia oculta en los Estados Unidos deprimidos de los años 70, adelantándose dos años a La matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, Tobe Hooper), la otra producción que cambió el panorama del horror en la década. Curiosamente, en 1977, Craven responde a Hooper con otra historia de canibalismo en la América profunda, la mítica Las colinas tienen ojos (The Hill Have Eyes) quizá la última gran película de género trasgresora de los 70.
Craven atravesó su primera crisis creativa en los inicios de los 80, incapaz de adaptarse a la moda de horror teenagerimpuesta desde el éxito de La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978). Ni la parcialmente fallida Bendición mortal (Deadly Blessing, 1981) ni la desastrosa Swamp Thing (1982) le ayudaron en nada, obligándole a firmar una decepcionante secuela de Las colinas tienen ojos en 1984 que parecía certificar el suicidio artístico del realizador. Pero justo en ese año, Craven sorprende a todos con Pesadilla en Elm Street (A Nightmare on Elm Street, 1984), un slasherde y para adolescentes pero con un twist sobrenatural y texturas oníricas que se convirtió en un sleeper y lanzó a un icono indiscutible del cine de horror de todos los tiempos, Freddy Krueger, al que interpretó Robert Englund. Craven volvía así a reinventar el género a la vez que construía sin saberlo una cárcel creativa. A partir de ese momento, todo el mundo esperaba una nueva proeza en cada trabajo de Craven, algo que no sucedió ni con Amiga mortal (Deadly Friend, 1986) ni con su (indiscutible) mejor película como fue La serpiente y el arco iris (The Serpent and the Rainbow, 1988), demasiado seria y adulta para los gustos del momento. Mientras la saga de Freddy Krueger estrenaba casi anualmente un nuevo capítulo, Craven quería huir de su personaje más icónico (se negó a dirigir las secuelas, produciendo quizá la tercera y mejor entrega de la serie), aunque en sus películas se notaba la necesidad de encontrar de nuevo la clave del éxito, como delata el villano de Shocker (1989), un éxito tímido incapaz de generar secuelas, o El sótano del miedo (The People Under the Stairs, 1991), una excelente premisa con un erróneo desarrollo. Así, el retorno a los territorios de Krueger era inevitable y en 1994 rueda la autoreflexiva La nueva pesadilla (New Nightmare), parcialmente interesante pero que se estrella de manera fulminante en taquilla.
El cine de horror de serie B prácticamente desapareció de las pantallas en los 90, siendo relegado al consumo doméstico en vídeo. Pero Craven se dio cuenta que este consumo abarcaba también títulos de los 70 y 80, lo que generó su nueva gran idea, un slasher que codificara las reglas de los clásicos de culto y, a la vez, generara una saga. El resultado fue Scream (1996), la primera gran obra postmoderna del horror, cuyo guión parecía un patchwork de citas y que arrasó inesperadamente en las taquillas, generando la resurrección del slasher y una serie propia. Sin duda, Scream 2(1997) es una de las cumbres de la carrera de Craven que, desafortunadamente, cayó otra vez en un círculo vicioso del cual el realizador no pudo escapar, rodando la floja Scream 3 (2000) y cayendo en el viejo error de firmar una tardía y fallida Scream 4 (2011).
Craven luchó siempre por su identidad, por no caer en repeticiones excesivas, pero su afán de permanecer en el altar privilegiado de Hollywood creó una contradicción personal y artística muy identificable en toda su obra. Posiblemente, el mejor Craven esté en esa joya que sigue siendo La serpiente y el arco iris o en el espléndido inicio de Scream 2, que definía perfectamente su pasión por diseccionar el cine desde el propio metalenguaje, algo que no consiguió con La nueva pesadilla pero sí con dicha entrega de Scream, donde trazó como nadie los contornos del género, su capacidad de creación de realidades paralelas y de confundirlas a través de la propia iconografía y la mitología que generan las imágenes del horror. Craven era un genio entre líneas, dejaba su firma de autor entre empresas meramente comerciales y dejaba que el tiempo pusiera su obra donde merece estar, que no es sino en lo más alto. Posiblemente no era el más genial, pero gracias a su cine el género de horror ha sobrevivido y ha alcanzado cotas de reconocimiento inauditas.
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