04-03-2014 13:37

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Resnais, cita en Marienbad

Murió Resnais. Más allá de la pérdida de un ser humano, el mundo pierde a un creador impenitente, a un juglar de lo audiovisual que no sólo se dedicó a contar historias, sino a fabularlas con las imágenes, a crear mundos dependientes, sólo transferibles por el poder del lenguaje propio del cine. Sitges le dedicó justamente una retrospectiva en el año 1998, pues pocos autores contemporáneos se acercan tanto al espíritu del fantastique que defendemos desde el Festival como este maestro galo, ejemplo de dedicación al séptimo arte y definición perfecta de hombre de cine. La capacidad de transgredir espacio y tiempo, y de esculpir el propio tiempo en imágenes como hizo en la monumental y decisiva El año pasado en Marienbad (L'annee derniere a Marienbad, 1961) es el mejor ejemplo, pero no el único, de su idea del cine como arte capaz de interactuar en las emociones más ocultas del receptor. 
Resnais ejerció una deconstrucción personal de los géneros cinematográficos, consiguiendo así obras situadas en algún lugar poco palpable y sublime entre el sueño y la vigilia, como puede ser el caso de la citada El año pasado en Marienbad o lecturas apasionadas sobre las permutaciones de la ficción fantástica, como la magistral Je t'aime (1968), filme que combina romanticismo, ciencia-ficción y reflexión en clave de metalenguaje. Una joya creada en ese momento especial en que los gurús de la nouvelle vague jugaron sin complejos con el género desde posiciones culteranas pero atrevidas, como también demuestran las imprescindibles Alphaville (Jean Luc Godard, 1965), Fahrenheit 451 (François Truffaut, 1966) o Black Moon (Louis Malle, 1975).
Resnais se fue. En Sitges nos despedimos hace dos años en Nuevas Visiones con su fresca, joven e irreverente Vous n'avez encore ríen vu, pero debe de quedar con nosotros para siempre, como antídoto a una mediocridad galopante, a una falta de reflexión preocupante, a un olvido de la memoria histórica del cine, los pueblos y la cultura. Resnais debe permanecer, símbolo de nuestra vocación de supervivencia cultural e integridad humana.
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