Carlos Vermut 2

Carlos Vermut

Es una de las voces más singulares y fascinantes del cine español contemporáneo, y un director muy querido por el Festival. Estos días llega a Sitges para presentar Mantícora, un drama que es también una película de monstruos
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Carlos Vermut se define como un habitual del Festival, y no puede estar más en lo cierto. En 2009, presentó su corto Maquetas en Sitges y desde entonces ha venido cada año, a veces para presentar sus películas como director (Diamond Flash, Magical Girl), otras para acompañar un título del que es guionista (La abuela) y otras, simplemente por su cuenta. Nos atiende por teléfono, y como no quiere la cosa va desenmarañando Mantícora, una fascinante pieza sobre los límites de la perversión.

Mantícora es esencialmente un drama, ¿se puede leer también en clave de género? 

No la siento menos cercana al fantástico que mis demás películas. De hecho, diría que mi cine se relaciona sobre todo con el misterio. Mi manera de entender el cine es siempre desde lo plástico, y en este sentido Mantícora tiene mucho que ver con el cine de terror porque juega con la figura del monstruo. Hay escenas que transcurren frente a una pantalla led, por ejemplo. De hecho, que el protagonista diseñe videojuegos lo acerca al mundo de la fantasía. El protagonista lucha contra una maldición, de la que reniega. Se asemeja, por ejemplo, a los hombres lobo, que lo son a su pesar. 

¿Cómo elaboraste esta figura monstruosa? 

A partir de lo plástico y del argumento. A medida que iba escribiendo, aparecían distintos elementos. Que el personaje tuviera la capacidad de modelar criaturas de videojuegos me llevó a que en ese mundo hubiese monstruos. La premisa es que él es un pedófilo, y a partir de aquí aparece el tema de que es modelador: primero, pensé que se dedicara a modelar con las manos; luego, digitalmente; y finalmente introduje el hecho de que lo hiciera en el plano virtual. Así es mi manera de trabajar: van apareciendo elementos diversos que voy uniendo. Lo monstruoso se elaboraba también a nivel plástico: él, con sus gafas de realidad virtual, por ejemplo. Quería que fuera un chico agradable, porque me parecía más inquietante. Con Nacho Sánchez, el actor, queríamos llevarlo a un nivel de normalidad absoluta: puede tener pareja, se relaciona socialmente con normalidad, etc. Era importante que sus deseos ocultos no se advirtieran enseguida en su comportamiento. 

¿Qué límites te pusiste a la hora de abordar un tema como la pedofilia? 

No pienso que la película trate sobre la pedofilia, sino sobre nuestra relación con el deseo y, en concreto, un deseo como la pedofilia, que es censurable. La película se pregunta cómo hace alguien para lidiar con esto. Hay alternativas más asépticas que otras: hay gente que compra cómics, otros que llevan su deseo al terreno de la realidad virtual, etc. La película trata sobre nuestra relación con los deseos prohibidos. Trata, también, de lo virtual, que tiene que ver con la pedofilia pero que se puede aplicar a otras cosas. ¿Lo virtual acentúa ciertos impulsos o es más bien un paliativo para esos impulsos? Esta es una de las preguntas que se hace la película. 

Mantícora no pretende ser una película aleccionadora sobre el tema que trata. 

Hay un momento en que te tienes que posicionar como director. Evidentemente, sobre la cuestión de la pedofilia no hay debate. La cuestión es cómo gestiona el personaje todo esto. La película plantea todo desde el plano de lo virtual. Mantícora pone el dedo en algo que no es tanto la pedofilia sino lo virtual, que se plantea qué sucede cuando el deseo se queda en el terreno de lo virtual o de la fantasía. Esto me parece más interesante. 

Tu cine suele abordar los límites de lo perverso. 

Me interesan los personajes que están al límite, que no encajan en los códigos de lo normal. Me interesa explorar los extremos de lo que la gente considera moral o amoral. Me interesa como observador, pero es que además hay algo profundamente cinematográfico: son buenos personajes para las historias.  

En todo esto que explicas, hay algo que entronca precisamente con la cultura japonesa, que conoces muy bien. 

Para los japoneses, la relación entre el bien y el mal no está tan polarizada como en occidente. Cuando hay algo abyecto tienden a encontrar una explicación, incluso en los mangas más infantiles, se acaba descubriendo que los malos tienen algún trauma. Tienen la tendencia de llevar los personajes al límite, pero lo hacen de manera distinta a como se hace en occidente. En el cine de Gaspar Noé, por poner un ejemplo, existe una fascinación por estos personajes. En lo japonés hay una normalización de esos límites. Sucede en los libros de Murakami: hay personajes extraños que parecen de lo más normal del mundo. Son muy propensos a hacer un cine psicológico, y en cambio no hacen mucho cine político 

¿Cuál es tu relación con el género? 

He hecho películas de fantasmas, de superhéroes, etc. El cine de género es el que más me gusta, pero luego me pongo a escribir y me salen dramas, en los que siempre hay algo de misterio. Los códigos del género me parecen limitantes, quizá porque los personajes quedan en un segundo plano. Cuando estoy trabajando a menudo termino quitando los elementos fantásticos, pero siempre queda un halo, un rastro del género. El festival ha arropado mucho este tipo de películas, como el thriller psicológico. Es el caso de Nitram, por ejemplo, que no son de terror puro. ¡Yo he visto una peli de Hong Sang-soo en Noves Visions!  

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